El ascensor

 

El ascensorNo dejaba de mirar a todas las mujeres que se incorporaban al trayecto. Era lo que se podía esperar de él. Un hombre joven, recién salido de la adolescencia y que por primera vez se encontraba frente a una situación del todo desconocida. Su físico: un tipo alto, quizá demasiado delgado, aunque gracias a su delgadez los pómulos quedaban resaltados; si añadimos el rubio de sus cabellos, el aspecto de galán americano quedaba garantizado. Aquel día fue la primera vez que le vi, le observé con detalle, era imposible que eso no sucediera. Servidor llevaba un par de años trabajando allí, había tenido otros compañeros. En ese momento me dedicaba a observar, ver sus maneras, a imaginar cuanto tiempo podía durar en el trabajo; los anteriores no habían aguantado mucho. Pero a este se le veía contento, sobre todo cuando alguna chica se acercaba más de lo que las buenas costumbres recomendaban.

—Primera planta: Urología, Neurología, Digestivo.
—A ver si le dan el alta hoy, que ya está desesperado.

En aquel tiempo, te estoy hablando de finales de los sesenta del siglo XX, el comportamiento de las mujeres era más recatado; la imagen que más recuerdo de ellas era con una carpeta sobre su pecho, bien sujeta por los brazos cruzados. Siempre las vi así, supongo que alguna vez abrirían la carpeta, pero eso no ocurrió en mi presencia.

—Segunda planta: Cirugía general, Maxilofacial, Otorrino.
—¿Qué vas a hacer esta tarde? ¿Te vienes al cine?

Samuel, que así se llamaba el que por un tiempo fuera mi compañero, se apoyó contra la pared para poder observar mejor a la belleza que había entrado. Zuecos, pantalón, chaqueta y bata de un blanco que serviría para competir en los anuncios de detergente de la época, su tez morena, inusual en aquel lluvioso norte y su cabello negro resaltaban aun más sobre su uniforme. El toque de color lo daba el turquesa de sus ojos y el granate del fonendoscopio que colgaba sobre sus hombros.

—Tercera planta: Traumatología, Ginecología.
—¿Baja?
—No, sube.

Se quedó ensimismado, mirando el diminuto estetoscopio, había visto más, pero eran todos de color negro y la campana, leyó en el diccionario que ese era el nombre que tenía la parte metálica que se aplica al enfermo, la campana, como te decía, era más pequeña que la de los demás. En esos pensamientos estaba el bueno de Samuel, cuando se percató de que la zona en la que estaba apoyada dicha campana, no era la más indicada para mirarla fijamente. Levantó la vista y se cruzó con los ojos de ella. La doctora sin pestañear, agarró las solapas de su bata y las cruzó sobre su cuello, de modo brusco giró la cabeza y adoptó un aire de mirada perdida. Samuel se volvió hacia la puerta para ocultar el repentino rojo de sus mejillas, al tiempo que se atusaba una chaqueta que, por la talla y los brillos, podía adivinarse que había sido heredada.

—Cuarta planta: UCI, Aislamiento.
—No sé cuándo va a parar de llover.

Se había metido en un lío, o al menos eso creía. Era su primer día y parecía que no empezaba bien. ¿Quien sería aquella doctora? Si ella tuviese algún cargo de responsabilidad o conociera a alguien de los de arriba, podría buscarle algún problema. Era su primer día y estaba en periodo de prueba. ¿Qué opinaría su padre? Había tenido que pedir favores a personas que apenas conocía para conseguir este trabajo para su hijo. ¿Lo consideraría una traición a la confianza depositada? Había podido molestar al vértice de un sistema piramidal; cuando él, un joven que acababa de entrar a trabajar de ascensorista no se consideraba ni un pequeño guijarro de su base.

—Quinta planta: Pediatría, Respiratorio
—Adiós, buen día.

Un poco cortante tal vez, pero la doctora fue la única persona que se despidió aquella mañana al bajar de un servidor, lo cual tranquilizó a nuestro amigo: la persona que me iba a acompañar durante los próximos años, hasta el día en el que las autoridades decidieron que las gentes ya eran capaces de viajar solas en un ascensor, aunque sea en uno como el que te ha contado este cuento.

 

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Sobreviví al mes de abril

Aquel abril sería el mes en el que conocería a Clint Eastwood, un actor de segunda, famoso sobre todo en su casa a la hora de cenar. La compañía había quebrado y Arturo estaba en la ruina con las únicas pertenencias de unas lonas llenas de agujeros.

–En Almería –me dijo– están rodando películas de vaqueros, necesitan gente como nosotros, que sepan montar a caballo y acrobacias.

Sabíamos montar a caballo, acrobacias, descargar camiones, recoger olivas y servir cañas y calamares en las mejores terrazas de la capital.

En diciembre se había incorporado al circo una trapecista. Llegó con una maleta atada con cuerdas y remiendos en las ropas. Cuando encontraba un hueco, se iba a la cabina de teléfono más cercana. Mañana, tarde y noche. Hasta que un día dejó de llamar. Sus ojos brillaban siempre, a veces por la humedad de las lágrimas y a veces de felicidad.

Aquellos ojos me habían enamorado. Y ahora estaba a punto de perderla.

–Arturo, este tren no se acaba nunca. Creo que la locomotora ya está en Almería.

La estación de Atocha estaba a rebosar, gente que iba y que venía. Nuestro tren, el expreso de Andalucía, parecía no tener fin.

No podía quitar la imagen de Felcia de mi cabeza. ¿Dónde estaría ahora?

–¿Vas para Almería? –su voz me recorrió la espalda como una caricia–. No te vas a librar de mí, me gusta que me lances cuchillos.

Arturo no me había comentado nada, pero había comprado tres billetes.

–¡Vamos! –dijo Arturo– que todavía tenemos que encontrar el vagón.

El catorce, aún me acuerdo, asientos cinco, seis y siete. Tenían aquellos trenes un pasillo por el que se accedía a compartimentos de cuatro bancos para ocho personas, balda para dejar los equipajes, un regulador de calefacción que no funcionaba y fotos de ciudades cubiertas por restos de cristales.

Aunque estábamos solos, ocupamos nuestros sitios. Ya habría tiempo para cambiarse. En esto, un hombre de piel de asfalto agachó la cabeza para poder entrar.

–Perdone señorita, pero está sentada en mi asiento.

–No, no creo –respondió Felcia y me miró como diciendo échame una mano.

–No puede ser –intervine– vamos los tres juntos.

Y dirigiéndome a ella le pedí que me dejara el billete. Entrecerré los ojos y lo observé con detenimiento.

–Está bien, es este tren, este coche y este asiento –dije mirando a los ojos al recién llegado, mientras esperaba impresionar a mi chica.

–Bueno, no importa. Hay más asientos, me sentaré junto a la ventana.

El silencio fue total, hasta el bullicio del andén se amortiguó. Tras la brusquedad del arranque, el tren fue cogiendo el ritmo del traqueteo.

–Os va a gustar Algeciras –rompió el silencio el nuevo.

–¿Algeciras? Nosotros vamos a Almería –respondí.

–Yo no sé a donde van ustedes, pero ese asiento –dijo señalando a Felcia– va a Algeciras.

Debo reconocer que se portó bien, pudo haberse callado y reírse de tres pardillos al final del viaje. Al parecer ya le había ocurrido con anterioridad. El expreso partía de Madrid en un único convoy y al llegar a Córdoba se dividía. Los vagones estaban duplicados y con la misma numeración. Le pedimos disculpas y sin decir palabra cruzamos todo el tren cargados con nuestras maletas de cartón.

Sentí que mi cara ardía. Me senté despacio. No sabía ni qué decir, temía haber impresionado a Felcia, a mi pesar. Nos miramos sin pestañear y, no recuerdo quien empezó pero caímos en una carcajada que resonó por todo el vagón.

Fueron muchas las horas de viaje. Por mi mente desfilaron, como en una cabalgata, todas las imágenes de mi vida con ella. La complicidad en la venta de boletos para los sorteos, la primera vez que me cogió la mano, su sonrisa cuando Arturo le pidió que fuera mi compañera en el número del lanzador de cuchillos.

La noche fue apagando el paisaje de la ventanilla. Compartimos bocadillos y el vino comprado a granel acurrucó a Felcia en mi hombro. Al apagar la luz, el azul del piloto de emergencia creó el ambiente para darle el beso. Pero…

Nos incorporamos al rodaje y allí estaba él. Dos metros de americano y sin pronunciar palabra. Era el único que hablaba inglés y era lo único que hablaba. Era una peli hecha con pocos medios. Costó apenas un puñado de dólares. Felcia chapurreaba inglés, fue su salvación. Se convirtió en su sombra. Y se fue de mi vida, como se fue aquel mes de abril.

 

mes de abril

Emyl Bohin © 2014

 

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¿Dónde fue…?

Cansado, con la herida en su flanco izquierdo aun sin cicatrizar, el Señor de Bethancourt regresa a la tierra de sus antepasados. El sol ha dado sus últimos brillos y las figuras abatidas de sus soldados se recortan sobre el horizonte rojo. Apenas media docena de jinetes y una treintena de infantes arrastran sus sombras y sus destrozados pertrechos. Sobre los campos yermos se alza en un promontorio una pequeña chabola. De su chimenea asciende un humo que sugiere que esta noche podrán comer algo caliente.

Han pasado cinco lustros desde que el joven MacKenzie abandonara la casa de su padre. Después de mil batallas ya no recuerda ni el nombre de todos los señores a los que ha servido. Reyes míseros y reyes poderosos, miserables y generosos. De todos obtuvo brillantes títulos. Sus hombres, los pocos que le acompañan desde el principio y aun siguen vivos, así como aquellos que se han ido incorporando a lo largo de los años, le llaman Señor.

De la cabaña salen a recibirles tres mujeres, las tres parecen la misma. Sus cabellos están hechos de los mismos harapos que los jirones de tela que las cubren, sus rostros pueden ser de mujeres jóvenes, pero la mugre y los túneles dejados por la falta de dientes no las hace apetecibles ni siquiera para aquellos soldados.

Y ellas entre risas, gritos y siseos empiezan a cantar:

Bienvenido a mi casa
Mack el llamado
vuestras grandes hazañas
fama alcanzaron
De reyes vencedor
en mil combates
fuiste bravo guerrero
la gloria amaste
Un gran reino os aguarda
que vive sin ley
detrás de las colinas
matad vos al rey

Las últimas luces del ocaso se extinguen y con ellas las figuras corcovadas de las mujeres. Esa noche solo se oye el crepitar de las hogueras, los hombres guardan silencio y ni un triste canto acompaña la exigua cena. Envuelto en su grueso manto, MacKenzie de Bethancourt, sueña con poder gobernar, por fin, su propio reino.

Con el alba, el diezmado ejército emprende el camino en busca del castillo anunciado. Desde la cima de un collado se divisa una construcción extraña. Un muro de sillería sin almenar recorre las laderas sur de al menos tres colinas. Detrás de esta muralla se ven varios edificios sin que ninguno destaque en altura.

La mesnada avanza con un plan sencillo: entrar a la fortificación, mientras se aprovisionan de víveres deben averiguar donde se sitúan los aposentos reales y una vez localizado el rey, darle muerte e instaurar la dinastía de Bethancourt.

Al llegar a la muralla esta se vuelve imponente. Los sillares no existen, son una inmensa piedra a la que se le han labrado los surcos. Comienzan a rodearla por su derecha en busca de la puerta que franquee el acceso. La noche cae cuando imaginan que han alcanzado la cara norte. Los hombres empiezan a ser conscientes del silencio que reina en el interior del castillo.

Las primeras luces despiertan a la milicia, el humor sustituye a la ambición del día anterior, que si los gallos de este castillo son mudos, que cantan con retraso, que teníamos que haber ido por la izquierda, que la puerta está allí mismo.

El sol del mediodía ondula la muralla creando puertas que se alejan a cada paso. Desfallecidos llegan con la noche al punto de partida. La ambición y el humor dejan paso a la desesperanza. Todo parece un engaño, una burla o una historia de locas.

La decisión de abandonar la empresa cobra fuerza, mas cuando están a punto de desistir, de la negrura surge un carretero que les informa de que en la muralla surgen bocas que permiten la entrada o la salida según las necesidades del propio castillo. Y que, si lo desean, pueden pasar con él, pues lleva mercancías que la fortaleza acogerá de buen grado.

El arriero cruza la muralla flanqueado por la tropa. La oscuridad de adueña del interior del castillo y todos perciben la ausencia de la carreta, en un instante solo oyen el lejano chirriar de sus ruedas.

Sintiendo que han caído en una celada, avanzan en formación, con las armas prestas. Del fondo del callejón surgen unas voces que resultan familiares y rompen el sepulcral silencio.

Ha llegado el final
No hay más luego
Vuestra hora llegó
Venid os ruego
Aceptad vuestra muerte
Se acabó el juego

¿Dónde fue...?

Emyl Bohin © 2014

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Bolitas de papel

Mi hermana mayor me traído al parque para venderme. Dice que es una buena familia. Que tienen mucho dinero. Que voy a vivir muy bien. Y que ella podrá al fin casarse. Son todo ventajas. Con el dinero que saque se hará todas esas operaciones que tiene previstas. Retoques. Liposucciones. Y diversos arreglos. Estará monísima y su novio perderá del todo la cabeza y la llevará al altar. Por otro lado, al no contar conmigo, emprenderán una nueva vida los dos solos. Yo no sé que ha visto mi hermana en ese chico. Es medio bobo. Se pasa todo el santo día hablando de arenques. No tiene otro tema de conversación. Pero lo malo no es que hable de arenques. Lo malo es que huele a arenques. Hasta diría que tiene cara y cuerpo de arenque.

Yo prefería haberlo hecho por el programa de televisión “Change the children”. Tengo una amiga que lo hizo así. La trajeron de no sé que pueblo. Al principio no entendía nada de lo que le decíamos. Ni nosotros a ella. Si hubieran mandado mi foto al programa. Pero mi hermana dijo que no se fiaba. Que cualquiera sabe que hacen con los niños una vez que están lejos de casa. No creo yo que eso le preocupe mucho a mi hermana. Yo creo que no la voy a volver a ver más. Lo que pasa es que ella no quiere salir por la tele y que todo el mundo sepa que necesita dinero. A mí me hubiera gustado conocer otros sitios. Ir a uno que no lloviera tanto. Cerca del mar. Con una playa que se pudiera ir todo el año.

Ahora estoy aquí en el parque. Recuerdo que solía venir con mi padre. Nos traía los domingos por la mañana. Solíamos cambiar cromos. A mí no me gustaba. Prefería cambiarlos en el patio del colegio. Aquí era aburrido. Y siempre encontrabas los que te faltaban. Acababas la colección. Llenabas el álbum. Y ya no tenía ningún interés. Recuerdo también que después de cambiar los cromos nos sentábamos en una terraza. Y recuerdo como mi padre entre trago y trago de cerveza me ladraba. Yo me reía. Y él me ladraba más fuerte. Yo creo que entonces no se cambiaban niños. No lo recuerdo bien. Yo era muy pequeña. Pero desde que papá se fue muchas cosas han cambiado.

¡Pues sí que se retrasan! Va a resultar que no tienen muchas ganas de hija nueva. Menos mal que el sol ha empezado a calentar. Porque cuando hemos salido de casa hacía un frío de padre y muy señor mío. Ahora con el solecito la gente se ha animado a salir. Los bancos de la rosaleda están a rebosar de abuelos. Los nietos jugando y gritando. Y de pie, junto al puesto de caramelos, mi hermana y su novio. Discutiendo. El opina que no es bueno hacerse todas las operaciones de golpe. Que puede ocasionarle problemas de salud. Que es mejor ir poco a poco. Y con el dinero que no se gasten en cirugía, lo pueden invertir en un negocio de conservas de arenques. Ella le dirá que para conservar arenques lo primero que hace falta es tener arenques. Y aquí estamos a cientos de kilómetros de la costa. Y no sería rentable ir a comprarlos tan lejos y después traerlos. Y yo aquí sola. No me hacen ni caso. Como a ese niño. Qué pantalones más cortos lleva, por cierto.

–Hola niño, tu quien eres

–Hola me llamo Svrik, pero todos me confunden con Jonvhe. Jonvhe es mi hermano. ¿Sabes?

–Yo me llamo Tahalen y dime ¿dónde está tu hermano?

–Hoy no ha venido, ha dicho mi madre que está enfermo, pero a mí no me lo parece.

–Así que sois dos iguales. Estáis repetidos.

–Sí, a veces en clase nos cambiamos. Mi hermano es más listo. ¿Sabes? Y si algún día no me sé la lección, él se pone por mí.

–¿Y has venido tú solito al parque?

–No. Con mi padre. Es aquel que está hablando con el hombre de la gabardina.

–Oye niño. ¿Te vienes a dar una vuelta por el parque?

–Vale. Pero mi padre ha dicho que no me aleje. Que me puedo perder.

–Mira, con este periódico de la papelera, le arrancamos las hojas y hacemos bolitas y las dejamos por el camino y para regresar las recogemos y así no nos perdemos.

–Vale.

Bolitas de papel

Emyl Bohin © 2014

 

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Primer grado, tres incógnitas.

Equis colocó un pañuelo de seda granate sobre la lámpara de la mesilla de noche. La luz roja bañó el cuerpo desnudo de Uve. Equis, con el corazón excitado, acarició los rubios cabellos del joven e introdujo con violencia la lengua dentro de su boca, su mano sujetó con fuerza el miembro viril del muchacho. Este respondió con una fuerte erección y un escalofrío que le recorrió el cuerpo.

Equis se deslizó cuerpo abajo lamiendo el torso suave y depilado, al llegar al pene lo engulló por completo. Acarició con los labios el recortado vello púbico, mientras pellizcaba con fuerza los pezones de Uve. Sin consentir que la polla abandonara la boca, cogió un preservativo y lo deslizó hasta cubrirla por completo.

Se giró, hincó codos y rodillas y ofreció a Uve su puerta trasera. Al principio fueron los dedos finos del muchacho los que trastearon en busca de mayor abertura. Pero pronto notó la violencia del embate que le llenaba y el choque de las caderas contra sus nalgas. Equis, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, hacía tiempo que no disfrutaba tanto. Giró la cabeza en un intento de observar la escena, pero lo que vio le cambió la cara. Sobre la sábana reposaba arrugado el condón.

Equis contrajo el esfínter anal y giró con brusquedad sobre sus rodillas. El grito de Uve quedó apagado al recibir un directo sobre su nariz. El dolor y la sorpresa le impidieron reaccionar y recibió otro puñetazo sobre el pómulo izquierdo que lo derribó. Tumbado en la cama la sangre chorreaba por su nariz. Casi sin sentido encajó golpes, que tanto con la derecha como con la zurda, le abrieron las cejas y le estallaron los dientes.

Equis le agarró la tráquea como quien coge una lata de Coca Cola y la estrujó hasta hacer crujir los cartílagos. A Uve, que solo le quedaban fuerzas para respirar, ahora ni eso podía hacer. Lo intentaba, se esforzaba pero la laringe estaba ocluida. Con cada intento su abdomen desnudo se introducía debajo de sus costillas y su boca emitía un ligero silbido. Sus labios agrietados y sangrantes adquirieron un color violáceo. Tras una convulsión todo quedó en calma. Equis volvió a acariciar los cabellos de Uve y fijó su vista en el elefante de lapislázuli que colgaba del cuello del joven. Lo cogió en su mano y lo observó en silencio.

–¿Qué es? ¿Un elefante de la suerte?

–Sí, su trompa es mágica.

A través del humo y la oscuridad del bar, Equis había divisado unos nuevos cabellos dorados.

–Hay mucho ruido aquí, yo vivo cerca, podemos ir y me cuentas la historia de tu elefante.

Ahora tenía un elefante azul en la mano y un cadáver en las sábanas. Trató de recordar si había algún conocido en el bar. Era un cliente habitual. Solo quedaba esperar que nadie echara en falta a Uve. Pero antes tenía que deshacerse del cuerpo. Deambuló por el apartamento en busca de una idea y le pareció que era una buena ocasión para deshacerse de aquella alfombra sucia y llena de quemaduras de cigarrillos apagados en ella.

Colocó el fiambre en ella y lio un canutillo. Respiró hondo, y mientras exhalaba despacio, inspeccionó la alcoba en busca de cualquier objeto olvidado que pudiera delatar la presencia del joven. Sin gran esfuerzo echó el bulto sobre el hombro derecho y en el ascensor descendió hasta el aparcamiento del edificio. Con cariño lo colocó en los asientos de atrás y emprendió la marcha.

Las calles todavía estaban desiertas, solo el ruido de las mangueras de la limpieza rompían el silencio de la noche. El asfalto mojado refulgía con las luces del coche. Equis sabía adonde debía ir. El vertedero de basura era el sitio ideal. Si lo dejaba bien colocado tardarían tiempo en encontrarlo y, para entonces perros, ratas y gaviotas habrían dado buena cuenta de él, o mejor aún, nuevas montañas de desperdicios lo ocultarían para siempre.

De regreso, las primeras luces del alba alargaron las sombras de árboles y farolas, cuyo ritmo al cruzar la carretera le provocaron un dulce sopor. Equis, sin detener la marcha, sacó de la guantera un frasco e ingirió un par de grageas. Tenía que estar despierto cuando se presentara en el trabajo.

–¡Equis! Vaya al vertedero, acaban de encontrar un muerto envuelto en una alfombra. El inspector Jota va para allí, reúnase con él. Y a ver si resuelven este puto caso.

Ecuaciones

Emyl Bohin © 2014

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Doce campanadas y una sirena.

Apuró el paso al escuchar las doce campanadas

¡Dong!

¡Joder, Juan! Esta vez la has cagado, pero ¿qué hace toda esa gente ahí?

¡Dong!

A Juan le cuesta avanzar por unas calles inundadas de gente. Una marea lenta, uniformada de blanco, solo roto en la cintura por una faja roja, avanza hacia la plaza del pueblo.

¡Dong!

–¡Hey! Mira ese, que pintas lleva.

–¡Tranqui! ¡No empuje! Que esto no avanza más.

–¡Oiga! ¿Quien le ha engañado? Que ese no es el traje de fiestas.

¡Dong!

Un niño con una inmensa mochila de Mazinger Z, sube corriendo los últimos peldaños del colegio. Sus compañeros ya están en clase, en el pasillo solo quedan rezagadas algunas muchachas del último curso. Se detiene para recuperar el aliento, mira a las chicas, baja la mirada y comienza a caminar suavemente. Las jóvenes estallan en una carcajada. El niño se da la vuelta y abandona el colegio.

¡Dong!

Eres bobo, Juan. Siempre lo has sido. Desde pequeño. No es que no sepas aprovechar las oportunidades, es que las destrozas. Tienes que darte prisa. Empújalos, pasa por encima, pero haz algo que ya es la hora.

¡Dong!

Todos los escaparates del pueblo muestran el cartel anunciador de las fiestas en honor a los Santos Patronos. A través del cristal se puede comprobar que el interior de los comercios está vacío. Solo en los bares la oscura figura de los camareros espera el momento de su apertura. Minutos después del cohete, el bullicio y la locura animarán barras y mesas.

¡Dong!

Conoció a Lucía en el instituto, una chiquita menuda un año más joven. Desde el primer momento le pareció la más bella de todas las muchachas que había conocido. Tan bella la veía que no se atrevió a hablar con ella. Al terminar las clases Juan la acompañaba a casa, pero quince metros más atrás. Muchos días Lucía buscaba excusas para no volver con sus amigas y hacer sola el camino de regreso a casa. Pero nunca consiguió que Juan se acercara.

¡Dong!

Eres bobo, Juan. El día de tu boda y pasas toda la noche de juerga, la cagaste con Lucía y hoy parece que la vas a volver a liar. Esto no avanza, estás jodido, ya no hay nada que hacer, ya no llegas a tiempo.

¡Dong!

Tuvo que ser Lucía la que rompió el hielo. No fue rápido. No quería tomar esa decisión, prefería que fuera él el que diera el paso adelante, pero el curso estaba a punto de llegar a su fin y en el verano las oportunidades de volver a coincidir eran mínimas. Lucía miró a través de los ventanales del aula, el sonido de la lluvia le dio la idea. Sonrió. Cuando sonó el timbre dio su paraguas a María y se dirigió al patio. ¿Me puedes acompañar a casa? No he traído paraguas. Esas fueron sus palabras y sin esperar respuesta le agarró del brazo y comenzaron a andar.

¡Dong!

–Qué raro que sea el novio el que se retrase.

–No habrá querido perderse el inicio de fiestas.

–¡María! ¡Guapa!

–Sí, guapa. Pero menuda cara que está poniendo.

–Yo creo que como no venga pronto el novio esta se larga.

¡Dong!

Juan fue creciendo con Lucía. Gracias a ella el adolescente tímido y solitario ganó confianza. Se integró en el grupo de amigos de Lucía y con ellos fue de fiesta en fiesta por todos los pueblos de la ribera. Un mal día, a la hora de la siesta, Lucía descubrió a Juan y a María que follaban en la habitación dieciséis de un dulce hotel de la costa levantina. Sin mas palabras le puso las maletas al borde de la piscina y ahí acabó todo.

¡Dong!

Diario de la Ribera,

25-07-97

Trágico accidente en las fiestas de Bellahueca.

Muere un joven al caer desde el campanario minutos después de lanzarse el chupinazo.

Doce campanadas

Emyl Bohin © 2014

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Cуеверие (Superstition)

La historia que voy a relatar no es una historia original. La leí hace bastante tiempo. Formaba parte de una compilación de cuentos breves del escritor sueco Polykarpus Lundqvist. Estaba amontonada en una caseta de la feria de libros antiguos y de ocasión. Era una edición en rústica, bastante ajada, cuyas hojas sumaban a la humedad del almacenamiento, la grasa de los numerosos dedos que habían pasado sus hojas. Mas o menos decía así:

Polya Kozlova llegó a Karlskrona a finales del verano de 1938. Ella siempre repetía que había huido de la Unión Soviética, pero fueron muchos los que dudaron de esta versión. Las mujeres de la ciudad preferían creer que era una muchacha sueca, que durante un tiempo había convivido en concubinato con un comerciante ruso y que, al morir éste, heredó su fortuna; mientras que los muchachos del pueblo, la imaginaban como una espía al servicio de cualquier potencia extranjera que quisiera contratar sus servicios.

Tras el mostrador de su mercería, la figura oronda y encorvada de Polya se alejaba del imaginario mundo de los espías. Los años habían atacado a su figura, pero su porte, aunque torcido, desprendía una sutil elegancia.

—Son siete coronas y trece öre. Déjelos sobre la bandeja— dijo Polya, cansada de evitar coger el dinero de manos de sus clientes.

La señora Söderström recogió sus tres brazas de tela de raso negro de doble ancho y abandonó el establecimiento. Al cerrar la puerta, el soniquete del carillón devolvió a Polya a sus ensueños.

Polya se alegró de no haber invitado a la señora Söderström a la cena previa a las navidades. Durante semanas, con gran mimo, había elaborado la lista de los invitados y esta noche todos quedarían encantados con la anfitriona. A través de la ventana, enmarcada de encajes, observó la calle alumbrada por la exigua luz de una farola. Consideró que era tarde y aún debía dar los últimos toques al smorgasbord. Decidió cerrar la tienda.

Al pasar junto a la casa azul del señor Sjöberg pensó que hubiera sido una buena idea invitarlo. Apenas habían cruzado un par de saludos, pero vivía cerca de su pequeño negocio y eso le convertía en potencial cliente. Además el señor Sjöberg era un viudo muy atractivo y se rumoreaba que conservaba todo el capital que amasó en la Gran Guerra.

Tal vez las divagaciones sobre el señor Sjöberg le trajeron a la memoria las galletas de jengibre, olvidadas sobre la mesa de costura en la trastienda.

Giró sobre sus pasos y se encaminó hacia la mercería. Sus pies competían por ser más rápidos que los pensamientos que galopaban por su cabeza. Arenques, pan, salmón, mantequilla, salchichas y queso desfilaban ante sus ojos. Por la calle vacía, la silueta torcida de Polya avanzaba envuelta en una nube de vapor de aliento, fruto de un ligero jadeo.

El tintineo del carillón de viento seguía sonando cuando la mercera entró en el tocador. Durante unos segundos, frente al espejo, se miró fijamente a los ojos. Concluido el ritual recogió las galletas y se encaminó hacia su hogar.

No era mucha la distancia que separaba el lugar de trabajo de su casa. En las tempranas noches del invierno escandinavo, esa distancia aparentaba ser mayor; no tanto por el cuidado necesario de no resbalar sobre las heladas aceras, como por la soledad interminable de las calles. Le acompañaban sus cavilaciones. Imaginaba los platos de porcelana, el mantel bordado que sólo utilizaba en ocasiones especiales y el lugar que ocuparían sus convidados. ¿A qué muchacha le correspondería el honor de sentarse en la silla del rincón? Sus invitados, ignorantes de las supersticiones rusas, desconocían que aquella que allí tomara asiento quedaría soltera de por vida.

Agradeció que ninguno de los comensales se hubiera anticipado, no era buen presagio encontrarlos en el umbral de la vivienda. Una mesa de roble, de líneas severas, ocupaba el comedor casi por entero; al fondo una alacena guardaba bajo candado la preciada vajilla. Con minuciosidad dispuso los cubiertos y las viandas. En pocos minutos daría comienzo el banquete. Hizo inventario. Estaba todo: los arenques y el salmón; el pan y la mantequilla; el queso y las albóndigas; las salchichas y las invitaciones a la cena.

Esta es la historia, o lo que de ella recuerdo. Años más tarde leí en una entrevista, que hicieron a Lundqvist, que escribía para ahuyentar sus fantasmas, que escribió este cuento para alejar sus propios miedos. En fin, gente supersticiosa.

Superstition

Emyl Bohin © 2013

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La escalera de Santiago

–Hola Santiago.

Santiago apenas prestó atención a la voz y a la sonrisa de la enfermera. Tumbado en aquella camilla tan estrecha, tenía que llevar las manos sobre su vientre para que no fueran colgando. Su único vestido era una sábana que no lograba cubrir por completo su aterido cuerpo.

–Enseguida le pasamos al quirófano, pero antes le tengo que poner este gorrito.

Santiago no tenía un buen presentimiento, le daba el pálpito de que algo extraño iba a suceder. Minutos antes lo había comentado con su mujer, pero esta le había convencido que eso eran los nervios propios de la intervención, vamos lo que se dice un poquito de miedo. Es lo normal ¿no?

–Bueno, vamos pa’dentro. ¿Podrá pasarse a esa mesa?

Rodeado de personas que parecían no prestarle atención, Santiago se ayudó de una mano para, arrastrándose, cambiarse de camilla; mientras que con la otra sujetaba la sábana tratando de evitar mostrar sus vergüenzas. De poco le sirvió, una vez en la mesa la sábana voló sobre la camilla que lo había traído y ambas abandonaron la sala de operaciones.

No podía sentirse más incómodo, desnudo sobre una superficie fría y dura, sus huesos se clavaban contra el escaso almohadillado de la mesa de operaciones. Su espalda, arqueada por las muchas horas de trabajo en la oficina, le obligaba a estirar la cabeza hacia atrás en busca de apoyo. En el aire se mezclaban olores dulzones y cítricos, que Santiago interpretó como un combinado de anestésicos y desinfectantes. A su alrededor gente que pululaba con la cara oculta detrás de unos pasamontañas de papel verde, que solo dejaban ver sus ojos.

Oyó que le decían algo pero al no entenderlo solo pudo articular un ¡Eh!. Mientras le repetían la pregunta de que qué tal estaba, sintió en su cuerpo como le adherían diversos cables y comenzó a oír el rítmico sonido de un «bip, bip».

–Cuente hasta diez, Santiago, y quedará dormido.

–Uno, dos, tres, cuatro, cinco, se…is, sie…, ¿Qué me pasa? No puedo hablar, no puedo mover la boca, pero no me he dormido. Creo que esto no es normal, aquí está pasando algo raro, tengo que decírselo a alguno de estos. Aquí viene uno, pero como hago para decírselo si no puedo mover los labios, intentaré gritar. No, no me sale. Se ha agachado, esta acercando su cara a la mía, se tiene que dar cuenta que estoy despierto. ¡Mírame a los ojos! Pero ¿¡que hace!?, ¿¡qué tiene en la mano!?, ¿¡que va a hacer con ese gancho!? Parece que lo va a meter en mi boca. ¿Qué son esas risas que se oyen? “A ver si no le rompes los dientes que este mes te has cargado a tres”. ¿Que dientes va a romper?, ¿los míos?, ¿por qué? Tengo que hacer algo, pero ¿que?, no se me ocurre que puedo hacer, si no puedo ni mover un músculo. A ver, sí, ya me acuerdo, lo vi en una película, le pasaba algo parecido, creían que estaba muerto y lloró, así pudo salvarse, pero yo no estoy muerto y no se que hacer para llorar, sí…, pensar en algo triste, pero en qué, si mas triste que esto que me está pasando no puede haber, me dan ganas de llorar, a ver si lo consigo, pero ¿qué hace ahora? Me ha cerrado los ojos. Todos siguen con su charleta, nada, ellos a lo suyo. Parece que ya me están operando, oigo mucho las palabras bisturí y tijeras, tienen que estar cortando; pero yo no notó nada, aunque les puedo oír a ellos y a la maquina que hace bip y les podría ver si no me hubiesen tapado los ojos. Bueno será mejor que me relaje, que esto va a durar tiempo y no tengo nada que hacer, igual hasta me aburro. A fin de cuentas no siento ningún dolor, ni siquiera noto ya el frío. Lo cierto es que es una sensación agradable. Estoy como un poco mareado. Como después de una noche de juerga. Esa sensación de que todo va a dar vueltas y que vas a empezar con náuseas. Vaya parece que tienen un problema. Se están poniendo nerviosos. Están hablando más deprisa y sus gritos no me dejan oír la máquina que hace biiiiiiiiiiiip.

Escalera de Santiago

Emyl Bohin © 2013

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Querido papá

Decidí visitar a la bruja, había perdido dos años. Dos años retrasando la decisión. Pero ya no podía más, sus malas artes habían destrozado a mi familia y con la intención de salvar lo poco que de ella quedaba, decidí visitar a la bruja.

Unos inmensos ojos observan a Carmen, unos ojos arbequina, fríos y abiertos. Ojos que le devuelven la mirada desde el espejo de aumento. Carmen los abre aún más y lentamente los perfila. Sentada en la tapa del inodoro con la base del espejo apoyada sobre el lavabo, Carmen estira cuello y espalda para compensar su pequeña estatura, al llegar a la comisura del párpado dibuja una línea ascendente que le confiere una expresión entre burlona y sardónica.

La bruja se presentó en nuestras vidas sin avisar, sin darnos cuenta se había convertido en uno más de la familia. Primero fueron las celebraciones: que si una boda, que si un bautizo. Al principio no le dábamos importancia, ni siquiera nos aprendimos su nombre, cada uno le llamaba de forma distinta. Primos y hermanos nos divertíamos intercambiando los apodos. Pero… desde que papá enviudó, no le habíamos vuelto a ver tan alegre.

Carmen se incorpora y despacio va recogiendo uno a uno todos los componentes de su arsenal de belleza, se detiene ante el espejo, se atusa el pelo, compone el cuello de la camisa y estira el faldón de la misma, como queriendo quitar una inexistente arruga.

Pero su alegría fue poco a poco desapareciendo. Cada vez veíamos menos a papá, nuestras conversaciones se limitaron al teléfono y sólo si éramos nosotros los que le llamábamos; si alguna vez conseguíamos de él una cita para vernos, al poco rato nos telefoneaba para posponerla o anularla porque a la bruja ese día le venía mal, que si ya habían quedado con unos amigos o que tenía que acompañar a su madre. Por el tono de su voz podía adivinarse que le tenía miedo.

Carmen abre el maletero del coche y apretando las mandíbulas introduce en él un par de garrafas de treinta litros.

Yo me quedé huérfana y mi padre –aunque sea política– se agenció una madre, ironías de la vida. La bruja y su bruja madre. Pero todo iba terminar y, tenía que terminar de la manera que terminan las brujas, con el fuego purificador, era la única forma de recuperar a mi familia. Decidí visitar a la bruja con dos garrafas de gasolina.

La carretera va perdiendo asfalto a medida que se adentra en el páramo, los últimos rayos del sol colorean la pequeña casa aislada en el llano.

Sabía que mi padre no estaba allí, por asunto de negocios se había desplazado a la capital. Continué por aquel pedregal como si me dirigiera a los infiernos, esperando la complicidad del ocaso. Cuando hubo anochecido, con el motor poco revolucionado para evitar el ruido que me delatara y con las luces apagadas, guiándome por la tenue luz que procedía de las ventanas me acerqué a la casa.

Con gran cautela, Carmen, abre el portón del maletero y saca de él las dos garrafas. Con pasos cortos, la espalda doblada y mirando al suelo se encamina hacia su objetivo. Deja los recipientes en el suelo, les quita las tapas y uno tras otro derrama su contenido alrededor de la vivienda.

Nunca me gustó el olor a gasolina, recuerdo a mi abuelo recargando constantemente el mechero, le encantaba ver la llamarada que producía, ese tufo me molestaba más incluso que el del humo de sus cigarros. Pero ese día, el día que decidí visitar a la bruja y acabar con ella, el aroma era dulzón y traía recuerdos de mi infancia. Del interior salía la voz de la bruja madre, que le daba explicaciones sobre algo que no llegué a entender. Tomé distancia y encendí la llama con la intención de dejarlas a las dos en los infiernos.

El fuego rodea la casa, los pobres materiales con que está construida desaparecen entre las llamas. Envuelta entre ellas, se abalanza en busca de socorro una mujer que lleva algo en los brazos.

Desde que conoció a la bruja, la comunicación con nuestro padre casi había desaparecido. ¿Cómo iba yo a saber que esta le acompañaría en su viaje a la capital? Y ¿Por qué tenía que saber yo que ella tenía una hija?

DD

Emyl Bohin © 2013

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